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domingo, 14 de abril de 2013

EL PUNTO NEGRO (cuento)

Cierto día, un profesor entra al salón de clases y le dice a los alumnos, que se preparen para una prueba sorpresa. Todos se pusieron nerviosos, asustados por el examen que vendría,mientras el profesor iba entregando la hoja del examen con la parte del frente para abajo, de modo que no vieran lo que contenía hasta que él les dijera en que constaba la prueba. Una vez que entregó todas las hojas, les pidió que den vuelta la hoja y vean el contenido. Para sorpresa de todos era una hoja en blanco que tenía en el medio un punto negro. Viendo la cara de sorpresa de todos sus alumnos, el profesor les dijo: - Ahora van a escribir una redacción sobre lo que están viendo. Todos los jóvenes, confundidos, se pusieron a pensar y a escribir sobre lo que veían. Terminado el tiempo, el maestro recoge las hojas, las coloca en el frente del escritorio y comienza a leer las redacciones en voz alta. Todas, sin excepción se referían al punto negro de diferentes maneras. Terminada la lectura, el profesor comenzó a hablar de la siguiente manera: - Este test no es para darles una nota, les servirá como lección de vida. Nadie habló de la hoja en blanco, todos centraron su atención en el punto negro. Esto mismo pasa en nuestra vida, en ella tenemos una hoja en blanco entera, para ver y aprovechar, pero nos centramos en los puntos negros. La vida es un regalo de la naturaleza, nos es dada con cariño y amor. Siempre tenemos sobrados motivos para festejar, por su renovación, por los amigos que nos apoyan, el empleo que nos da el sustento, las alegrías que suceden diariamente, y no obstante insistimos en mirar el punto negro, ya sea el problema de salud que nos afecta, la falta de dinero, la difícil relación con un familiar, la decepción con un amigo/amiga... Los puntos negros son mínimos en comparación con todo lo que diariamente obtenemos, pero ellos ocupan nuestra mente, en todo momento. Saquen su atención de los puntos negros, aprovechen y disfruten cada momento que nuestro Dios nos da, buscar tranquilidad, paz y armonía y a ser felices... Desconozco el autor

domingo, 7 de abril de 2013

«La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido» Rabindranath Tagore

domingo, 10 de marzo de 2013

Así nació la guitarra

Así nació la Guitarra Hilario no conocía más que la soledad. Y al principio no le importaba. ¿Qué podía faltarle a un gaucho joven, si tenía un rancho donde cobijarse, un caballo incansable y unas cuantas ovejas que atender? Andar por esos campos interminables que su caballo tan bien conocía, hilvanando y deshilvanando un silbido que corte el silencio del campo que se aquieta... Así fue como comenzaron Hilario a cansarse de su soledad y las cosas a suceder. El aborrecía el silencio. Por eso buscaba el rumor del arroyo, o se entretenía escuchando el canto de los pájaros. Azuzar las ovejas, el "vamos bonito" mientras picaba con el rebenque el anca sudada del caballo, eran los pocos diálogos de su vida solitaria. Una tarde que anunciaba lluvia, Hilario se fue a dormir, lo hizo de a ratos sobresaltado por los rayos y relámpagos, hasta que al fin se durmió profundamente. Soñó con la lluvia de voz serena y melodiosa. Cuando despertó, Hilario ya sabía: necesitaba compañera. La tarde siguiente lo encontró a Hilario con camisa limpia, domando su pelo tieso. Llegó al pueblo y no la vio al principio, entre la gente que se juntaba frente a la pulpería. Fue cuando dio vuelta a las casas para buscar el pozo que la escuchó cantar un aire alegre inclinada sobre el fuentón. Era la muchacha con la que había soñado, con su voz, su cara y su cuerpo, y se llamaba Rosa. El la llevó al rancho y allí se acabó su soledad. El, ahora, apuraba el regreso de su trabajo. Rosa resumía toda su felicidad. La desgracia vino un día en que Amuray, el cacique de una tribu indígena, también se enamoró de esa criolla tan graciosa, tan amante y tan fiel. El indio esperó la oportunidad, primero quiso seducir a Rosa, inútilmente, finalmente, una tarde, un rato antes de que Hilario regresara, asaltó el rancho y se la llevó. Hilario se extraño de que su mujer no saliera a esperarlo. Al llegar al claro el viejo silencio volvió de pronto, pero esta vez era un grito. El gaucho comprendió, no tuvo más que ver el desorden del rancho, el agua volcada en el patio y las manchas de sangre sobre la tierra. Al galope y con el corazón apretado, siguió el rastro. La persecusión duró poco, pero la lucha fue feroz. Al ver a Rosa herida, Hilario se abalanzó sobre Amuray y con un certero puntazo de cuchillo hizo que soltara a la cautiva. A duras penas pudo sostener a la desmayada Rosa, que, antes de llegar al rancho, ya estaba muerta. Hilario, abrazado al cadáver, llamó a su amada con el sinfín de palabras que ella le había enseñado y lloró con toda la pena mientras caía la noche. El gaucho se quedó dormido bajo las estrellas con la cabeza sobre el cuerpo querido, sólo con el sueño llegó el alivio. No lo despertó el alboroto de los pájaros ni el resplandor del sol, sino una música desconocida y tan cercana que parecía brotar de su propio cuerpo. Cuando tomó conciencia, llegó la pena del recuerdo y la sorpresa de ver que sus brazos ya no rodeaban el cuerpo de su compañera sino una caja de madera con forma de mujer apenas perlada por el tenue rocío del amanecer. fuente fuerteargentino.itgo.com/ley/leye4.htm

lunes, 3 de septiembre de 2012

Uno más para pensar...



Cambio de luces

Esos jueves al caer la noche cuando Lemos me llamaba después del ensayo en Radio Belgrano y entre dos
cinzanos los proyectos de nuevas piezas, tener que escuchárselos con tantas ganas de irme a la calle y
olvidarme del radioteatro por dos o tres siglos, pero Lemos era el autor de moda y me pagaba bien para
lo poco que yo tenía que hacer en sus programas, papeles más bien secundarios y en general antipáticos.
Tenés la voz que conviene, decía amablemente Lemos, el radioescucha te escucha y te odia, no hace falta
que traiciones a nadie o que mates a tu mamá con estricnina, vos abrís la boca y ahí nomás media
Argentina quisiera romperte el alma a fuego lento.
No Luciana, precisamente el día en que nuestro galán Jorge Fuentes al término de Rosas de ignominia
recibía dos canastas de cartas de amor y un corderito blanco mandado por una estanciera romántica del
lado de Tandil, el petiso Mazza me entregó el primer sobre lila de Luciana. 
Acostumbrado a la nada en
tantas de sus formas, me lo guardé en el bolsillo antes de irme al café (teníamos una semana de
descanso después del triunfo de Rosas y el comienzo de Pájaro en la tormenta) y solamente en el
segundo martini con Juárez Celman y Olive me subió al recuerdo el color del sobre y me di cuenta de que
no había leído la carta; no quise delante de ellos porque los aburridos buscan tema y un sobre lila es una
mina de oro, esperé a llegar a mi departamento donde la gata por lo menos no se fijaba en esas cosas, le
di su leche y su ración de arrumacos, conocí a Luciana.
No necesito ver una foto de usted, decía Luciana, no me importa que Sintonía y Antena publiquen fotos de
Míguez y de Jorge Fuentes pero nunca de usted, no me importa porque tengo su voz, y tampoco me
importa que digan que es antipático y villano, no me importa que sus papeles engañen a todo el mundo,
al contrario, porque me hago la ilusión de ser la sola que sabe la verdad: usted sufre cuando interpreta
esos papeles, usted pone su talento pero yo siento que no está ahí de veras como Míguez o Raquelita
Bailey, usted es tan diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia. 
Creyendo que odian al príncipe lo
odian a usted, la gente confunde y ya me di cuenta con mi tía Poli y otras personas el año pasado cuando
usted era Vassilis, el contrabandista asesino. 
Esta tarde me he sentido un poco sola y he querido decirle
esto, tal vez no soy la única que se lo ha dicho y de alguna manera lo deseo por usted, que se sepa
acompañado a pesar de todo, pero al mismo tiempo me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado
de sus papeles y de su voz, que está segura de conocerlo de veras y de admirarlo más que a los que
tienen los papeles fáciles. 
Es como con Shakespeare, nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando usted
hizo el papel, Yago me gustó más que Otelo. No se crea obligado a contestarme, pongo mi dirección por si
realmente quiere hacerlo, pero si no lo hace yo me sentiré lo mismo feliz de haberle escrito todo esto.
Caía la noche, la letra era liviana y fluida, la gata se había dormido después de jugar con el sobre lila en el
almohadón del sofá. 
Desde la irreversible ausencia de Bruna ya no se cenaba en mi departamento, las
latas nos bastaban a la gata y a mí, y a mí especialmente el coñac y la pipa. 
En los días de descanso
(después tendría que trabajar el papel de Pájaro en la tormenta) releí la carta de Luciana sin intención de
contestarla porque en ese terreno un actor, aunque solamente reciba una carta cada tres años, estimada
Luciana, le contesté antes de irme al cine el viernes por la noche, me conmueven sus palabras y ésta no
es una frase de cortesía. 
Claro que no lo era, escribí como si esa mujer que imaginaba más bien chiquita y
triste y de pelo castaño con ojos claros estuviera sentada ahí y yo le dijera que me conmovían sus
palabras. 
El resto salió más convencional porque no encontraba qué decirle después de la verdad, todo se
quedaba en un relleno de papel, dos o tres frases de simpatía y gratitud, su amigo Tito Balcárcel. 
Pero había otra verdad en la posdata: Me alegro de que me haya dado su dirección, hubiera sido triste no
poder decirle lo que siento.
A nadie le gusta confesarlo, cuando no se trabaja uno termina por aburrirse un poco, al menos alguien
como yo. 
De muchacho tenía bastantes aventuras sentimentales, en las horas libres podía recorrer el
espinel y casi siempre había pesca, pero después vino Bruna y eso duró cuatro años, a los treinta y cinco
la vida en Buenos Aires empieza a desteñirse y parece que se achicara, al menos para alguien que vive
solo con una gata y no es gran lector ni amigo de caminar mucho. 
No que me sienta viejo, al contrario; más bien parecería que son los demás, las cosas mismas que envejecen y se agrietan; por eso a lo mejor
preferir las tardes en el departamento, ensayar Pájaro en la tormenta a solas con la gata mirándome,
vengarme de esos papeles ingratos llevándolos a la perfección, haciéndolos míos y no de Lemos,
transformando las frases más simples en un juego de espejos que multiplica lo peligroso y fascinante del
personaje. 
Y así a la hora de leer el papel en la radio todo estaba previsto, cada coma y cada inflexión de
la voz, graduando los caminos del odio (otra vez era uno de esos personajes con algunos aspectos
perdonables pero cayendo poco a poco en la infamia hasta un epílogo de persecución al borde de un
precipicio y salto final con gran contento de radioescuchas). Cuando entre dos mates encontré la carta de
Luciana olvidada en el estante de las revistas y la releí de puro aburrido, pasó que de nuevo la vi, siempre
he sido visual y fabrico fácil cualquier cosa, de entrada Luciana se me había dado más bien chiquita y de
mi edad o por ahí, sobre todo con ojos claros y como transparentes, y de nuevo la imaginé así, volví a
verla como pensativa antes de escribirme cada frase y después decidiéndose. 
De una cosa estaba seguro
 Luciana no era mujer de borradores, seguro que había dudado antes de escribirme, pero despuésescuchándome en Rosas de ignominia le habían ido viniendo las frases, se sentía que la carta era espontánea y a la vez -acaso por el papel lila- dándome la sensación de un licor que ha dormido largamente en su frasco.
Hasta su casa imaginé con sólo entornar los ojos, su casa debía ser de esas con patio cubierto o por lo menos galería con plantas, cada vez que pensaba en Luciana la veía en el mismo lugar, la galería desplazando finalmente el patio, una galería cerrada con claraboyas de vidrios de colores y mamparas que dejaban pasar la luz agrisándola, Luciana sentada en un sillón de mimbre y escribiéndome usted es muy diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia, llevándose la lapicera a la boca antes de seguir, nadie lo sabe porque tiene tanto talento que la gente lo odia, el pelo castaño como envuelto por una luz de vieja fotografía, ese aire ceniciento y a la vez nítido de la galería cerrada, me gustaría ser la única que sabepasar al otro lado de sus papeles y de su voz.
La víspera de la primera tanda de Pájaro hubo que comer con Lemos y los otros, se ensayaron algunas escenas de esas que Lemos llamaba clave y nosotros clavo, choque de temperamentos y andanadas dramáticas, Raquelita Bailey muy bien en el papel de Josefina, la altanera muchacha que lentamente yo envolvería en mi consabida telaraña de maldades para las que Lemos no tenía límites. 
Los otros calzaban justo en sus papeles, total maldita la diferencia entre ésa y las dieciocho radionovelas que ya llevábamos actuadas.
 Si me acuerdo del ensayo es porque el petiso Mazza me trajo la segunda carta de Luciana y esa vez sentí ganas de leerla enseguida y me fui un rato al baño mientras Angelita y Jorge Fuentes se juraban amor eterno en un baile de Gimnasia y Esgrima, esos escenarios de Lemos que desencadenaban el entusiasmo de los habitués y daban más fuerza a las identificaciones psicológicas con los personajes, por lo menos según Lemos y Freud.
Le acepté la simple, linda invitación a conocerla en una confitería de Almagro. Había el detalle monótono del reconocimiento, ella de rojo y yo llevando el diario doblado en cuatro, no podía ser de otro modo y el resto era Luciana escribiéndome de nuevo en la galería cubierta, sola con su madre o tal vez su padre,desde el principio yo había visto un viejo con ella en una casa para una familia más grande y ahora llena de huecos donde habitaba la melancolía de la madre por otra hija muerta o ausente, porque acaso la muerte había pasado por la casa no hacía mucho, y si usted no quiere o no puede yo sabré comprender,no me corresponde tomar la iniciativa pero también sé -lo había subrayado sin énfasis- que alguien como usted está por encima de muchas cosas. 
Y agregaba algo que yo no había pensado y que me encantó,usted no me conoce salvo esa otra carta, pero yo hace tres años que vivo su vida, lo siento como es de veras en cada personaje nuevo, lo arranco del teatro y usted es siempre el mismo para mí cuando ya no tiene el antifaz de su papel. (Esa segunda carta se me perdió, pero las frases eran así, decían eso;recuerdo en cambio que la primera carta la guardé en un libro de Moravia que estaba leyendo, seguro que sigue ahí en la biblioteca).
Si se lo hubiera contado a Lemos le habría dado una idea para otra pieza, clavado que el encuentro se cumplía después de algunas alternativas de suspenso y entonces el muchacho descubría que Luciana era idéntica a lo que había imaginado, prueba de cómo el amor se adelanta al amor y la vista a la vista,teorías que siempre funcionaban bien en Radio Belgrano. Pero Luciana era una mujer de más de treintaaños, llevados eso sí con todas las de la ley, bastante menos menuda que la mujer de las cartas en la galería, y con un precioso pelo negro que vivía como por su cuenta cuando movía la cabeza. 
De la cara de Luciana yo no me había hecho una imagen precisa salvo los ojos claros y la tristeza; los que ahora merecibieron sonriéndome eran marrones y nada tristes bajo ese pelo movedizo.
 Que le gustara el whisky me pareció simpático, por el lado de Lemos casi todos los encuentros románticos empezaban con té (y con Bruna había sido café con leche en un vagón de ferrocarril).
 No se disculpó por la invitación, y yo que a veces sobreactúo porque en el fondo no creo demasiado en nada de lo que me sucede, me sentí muy natural y el whisky por una vez no era falsificado.
 De veras, lo pasamos muy bien y fue como si nos hubieran presentado por casualidad y sin sobreentendidos, como empiezan las buenas relaciones en que nadie tiene nada que exhibir o que disimular; era lógico que se hablara sobre todo de mí porque yo era el conocido y ella solamente dos cartas y Luciana, por eso sin parecer vanidoso la dejé que me recordara entantas novelas radiales, aquella
Si Bruna hubiera estado aún en mi vida no creo que me hubiera enamorado de Luciana; su ausencia era todavía demasiado presente, un hueco en el aire que Luciana empezó a llenar sin saberlo, probablemente sin esperarlo.
 En ella en cambio todo fue más rápido, fue pasar de mi voz a ese otro Tito Balcárcel de pelo lacio y menos personalidad que los monstruos de Lemos; todas esas operaciones duraron apenas un mes,se cumplieron en dos encuentros en cafés, un tercero en mi departamento, la gata aceptó el perfume y la piel de Luciana, se le durmió en la falda, no pareció de acuerdo con un anochecer en que de golpe estuvo de más, en que debió saltar maullando al suelo.
 La tía Poli se fue a vivir a Pergamino con una hermana,su misión estaba cumplida y Luciana se mudó a mi casa esa semana; cuando la ayudé a preparar sus cosas me dolió la falta de la galería cubierta, de la luz cenicienta, sabía que no las iba a encontrar y sin embargo había algo como una carencia, una imperfección. 
La tarde de la mudanza la tía Poli me contó dulcemente la módica saga de la familia, la infancia de Luciana, el novio aspirado para siempre por una oferta de frigoríficos de Chicago, el matrimonio con un hotelero de Primera Junta y la ruptura seis años atrás, cosas que yo había sabido por Luciana pero de otra manera, como si ella no hubiera hablado verdaderamente de sí misma ahora que parecía empezar a vivir por cuenta de otro presente, de mi cuerpo contra el suyo, los platitos de leche a la gata, el cine a cada rato, el amor.
Me acuerdo que fue más o menos en la época de Sangre en las espigas cuando le pedí a Luciana que se aclarara el pelo.  Al principio le pareció un capricho de actor, si querés me compro una peluca, me dijo riéndose, y de paso a vos te quedaría tan bien una con el pelo crespo, ya que estamos. 
Pero cuando insistí unos días después, dijo que bueno, total lo mismo le daba el pelo negro o castaño, fue casi como si se diera cuenta de que en mí ese cambio no tenía nada que ver con mis manías de actor sino con otras cosas, una galería cubierta, un sillón de mimbre. 
No tuve que pedírselo otra vez, me gustó que lo hubiera hecho por mí y se lo dije tantas veces mientras nos amábamos, mientras me perdía en su pelo y sus senos y me dejaba resbalar con ella a otro largo sueño boca a boca. (Tal vez a la mañana siguiente, o fue antes de salir de compras, no lo tengo claro, le junté el pelo con las dos manos y se lo até en la nuca, le aseguré que le quedaba mejor así. 
Ella se miró en el espejo y no dijo nada, aunque sentí que no estaba de acuerdo y que tenía razón, no era mujer para recogerse él pelo, imposible negar que le quedaba mejor cuando lo llevaba suelto antes de aclarárselo, pero no se lo dije porque me gustaba verla así, verla mejo rque aquella tarde cuando había entrado por primera vez en la confitería).
Nunca me había gustado escucharme actuando, hacía mi trabajo y basta, los colegas se extrañaban de esa falta de vanidad que en ellos era tan visible; debían pensar, acaso con razón, que la naturaleza de mis papeles no me inducía demasiado a recordarlos, y por eso Lemos me miró levantando las cejas cuando le pedí los discos de archivo de Rosas de ignominia, me preguntó para qué lo quería y le contesté cualquier cosa, problemas de dicción que me interesaba superar o algo así. Cuando llegué con el álbum de discos,Luciana se sorprendió también un poco porque yo no le hablaba nunca de mi trabajo, era ella que cada tanto me daba sus impresiones, me escuchaba por las tardes con la gata en la falda. 
Repetí lo que le había dicho a Lemos pero en vez de escuchar las grabaciones en otro cuarto traje el tocadiscos al salón y le pedí a Luciana que se quedara un rato conmigo, yo mismo preparé el té y arreglé las luces para que estuviera cómoda. Por qué cambiás de lugar esa lámpara, dijo Luciana, queda bien ahí. Quedaba bien como objeto pero echaba una luz cruda y caliente sobre el sofá donde se sentaba Luciana, era mejor que sólo le llegara la penumbra de la tarde desde la ventana, una luz un poco cenicienta que se envolvía en su pelo, en sus manos ocupándose del té.
 Me mimás demasiado, dijo Luciana, todo para mí y vos ahí en un rincón sin siquiera sentarte.
Desde luego puse solamente algunos pasajes de Rosas, el tiempo de dos tazas de té, de un cigarrillo.
 Me hacía bien mirar a Luciana atenta al drama, alzando a veces la cabeza cuando reconocía mi voz y sonriéndome como si no le importara saber que el miserable cuñado de la pobre Carmencita comenzabasus intrigas para quedarse con la fortuna de los Pardo, y que la siniestra tarea continuaría a lo largo de tantos episodios hasta el inevitable triunfo del amor y la justicia según Lemos. 
En mi rincón (había aceptado una taza de té a su lado pero después había vuelto al fondo del salón como si desde ahí se escuchara mejor) me sentía bien, reencontraba por un momento algo que me había estado faltando;hubiera querido que todo eso se prolongara, que la luz del anochecer siguiera pareciéndose a la de la galería cubierta. 
No podía ser, claro, y corté el tocadiscos y salimos juntos al balcón después que Luciana hubo devuelto la lámpara a su sitio porque realmente quedaba mal allí donde yo la había corrido. ¿Te sirvió de algo escucharte?, me preguntó acariciándome una mano. 
Sí, de mucho, hablé de problemas de respiración, de vocales, cualquier cosa que ella aceptaba con respeto; lo único que no le dije fue que en ese momento perfecto sólo había faltado el sillón de mimbre y quizá también que ella hubiera estado triste, como alguien que mira el vacío antes de continuar el párrafo de una carta
.Estábamos llegando al final de Sangre en las espigas, tres semanas más y me darían vacaciones. 
Al volver de la radio encontraba a Luciana leyendo o jugando con la gata en el sillón que le había regalado para su cumpleaños junto con la mesa de mimbre que hacía juego. 
No tiene nada que ver con este ambiente,había dicho Luciana entre divertida y perpleja, pero si a vos te gustan a mí también, es un lindo juego y tan cómodo. 
Vas a estar mejor en él si tenés que escribir cartas, le dije. 
Sí, admitió Luciana, justamente estoy en deuda con tía Poli, pobrecita. 
Como por la tarde tenía poca luz en el sillón (no creo que se hubiera dado cuenta de que yo había cambiado la bombilla de la lámpara) acabó por poner la mesita y el sillón cerca de la ventana para tejer o mirar las revistas, y tal vez fue en esos días de otoño, o un poco después, que una tarde me quedé mucho tiempo a su lado, la besé largamente y le dije que nunca la había querido tanto como en ese momento, tal como la estaba viendo, como hubiera querido verla siempre. 
Ella no dijo nada, sus manos andaban por mi pelo despeinándome, su cabeza se volcó sobre mi hombro y se estuvo quieta, como ausente.¿Por qué esperar otra cosa de Luciana, así al filo del atardecer?Ella era como los sobres lila, como las simples, casi tímidas frases de sus cartas. A partir de ahora me costaría imaginar que la había conocido en una confitería, que su pelo negro suelto había ondulado como un látigo en el momento de saludarme, de vencer la primera confusión del encuentro. En la memoria de mi amor estaba la galería cubierta, la silueta en un sillón de mimbre distanciándola de la imagen más alta y vital que de mañana andaba por la casa o jugaba con la gata, esa imagen que al atardecer entraría una y otra vez en lo que yo había querido, en lo que me hacía amarla tanto.
Decírselo, quizá. No tuve tiempo, pienso que vacilé porque prefería guardarla así, la plenitud era tan grande que no quería pensar en su vago silencio, en una distracción que no le había conocido antes, en una manera de mirarme por momentos como si buscara, algo, un aletazo de mirada devuelta enseguida a lo inmediato, a la gata o a un libro. 
También eso entraba en mi manera de proferirla, era el clima melancólico de la galería cubierta, de los sobres lila.
 Sé que en algún despertar en la alta noche,mirándola dormir contra mí, sentí que había llegado el tiempo de decírselo, de volverla definitivamente mía por una aceptación total de mi lenta telaraña enamorada. 
No lo hice porque Luciana dormía, porque Luciana estaba despierta, porque ese martes íbamos al cine, porque estábamos buscando un auto para las vacaciones, porque la vida venía a grandes pantallazos antes y después de los atardeceres en que la luz cenicienta parecía condensar su perfección en la pausa del sillón de mimbre. 
Que me hablara tan poco ahora, que a veces volviera a mirarme como buscando alguna cosa perdida, retardaban en mí la oscura necesidad de confiarle la verdad, de explicarle por fin el pelo castaño, la luz de la galería. 
No tuve tiempo,un azar de horarios cambiados me llevó al centro un fin de mañana, la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo,un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo crespo contra el pelo castaño de Luciana.

                                                   Julio Cortázar


jueves, 16 de agosto de 2012

Una historia para reflexionar

Le preguntan:


 ¿cuándo te das cuenta de que una relación se ha roto?


Bucay:----Te voy a contar un cuento para contestar esa pregunta:


Había una vez una princesa que quería elegir un novio que sea digno de ella, 
que la ame verdaderamente. Y entonces puso una condición: elegiría al novio entre todos aquellos que fueran capaces de estar
365 días al lado del muro, de la pared del palacio donde ela vivía, sin pararse y sin separarse ni un día de ese  muro. 


Y se presentaron miles de pretendientes a la corona real. Pero claro, al primer frío la mitad se fue, cuando empezaron los calores
se fue la mitad de la otra mitad, cuando se empezó a gastar la comida, la mitad de la mitad de la mitad se fue y así finalmente
cuando llegó diciembre (habían empezado el 1 de Enero) y llegaba el frío de nuevo, quedó solamente un joven, 
todos los demás se habían ido, cansados, aburridos, pensando que ningun amor valía la pena.
 Solamente un joven, que habia adorado a la princesa desde siempre, estaba allí anclado a esa pared, a ese muro, 
esperando pacientemente que se cumplieran los 365 días.
 La princesa, que había despreciado a todos, cuando vió que este muchacho se quedaba y se quedaba, empezó a mirarlo con otros ojos,
pensando "quizá este hombre me quiera de verdad".
 Lo había "espiado" en Octubre, había pasado frente a él en Noviembre, y en Diciembre, disfrazada de campesina, le había dejado
un poco de agua y un poco de comida. Lo había visto a los ojos, y se habia dado cuenta de su mirada sincera, 
y le había dicho al rey "Papá, creo que finalmente vas a tener un casamiento, éste hombre es el hombre que de verdad me quiere".
 El rey se había puesto contento, había empezado a preparar todas las cosas para la boda, y le había hecho saber, por medio de la guardia, al joven
que el 1 de Enero, cuando se cumplieran los 365 días, lo esperaba en el palacio porque quería hablar con él. 
Todo estaba armado, el pueblo estaba contento todo el mundo esperaba ansiosamente el 1 de Enero.

 El 31 de diciembre en la noche, después de haber pasado 364 noches allí, la ultima noche, el joven se levantó del muro y se fue. No pudo quedarse a cumplir.
 Se fue hasta su casa a ver a su madre.
La madre le dijo "Hijo! querías tanto a la princesa! Estuviste allí 365 días y 364 noches y el ultimo dia te fuiste!? Qué pasó que no pudiste aguantar 
 un día más?"
Y el hijo le contestó: "Sabes qué, madre? me enteré que me había visto, me enteré que me había elegido, me enteré que le habia dicho a su padre que se iba a 
casar conmigo. Y a pesar de eso, no fue capaz de evitarme una sóla noche de dolor. Pudiendo hacerlo, no pudo evitarme una sóla noche de sufrimiento?
Alguien que no es capaz de evitarte una noche de sufrimiento no se merece mi amor. Verdad mamá?"


Cuando estás en una relación , y te das cuenta que pudiendo evitarte una migaja de sufrimiento, el otro no lo hace, es porque todo se ha terminado.
                                   

La Loca Convencida...

Iba detrás del relato... como niño con primer chiche, iba detras de sus sueños... como perro tras su hueso... iba peleando el amor como león tras su presa... iba llorando abandonos como preso a su libertad, iba confiando en su camino... como aventurero en su brújula, iba extrañando a su piel, como vieja al chusmerío...iba peleando batallas, pero siempre las perdía... Un día se cansó... y se sentó en el cordón, veía a la gente pasar,  a sus sueños irse, a sus lágrimas secar, a su amor esfumarse y a su soledad llegar... veía las hojas mecerse y al viento vacilar... añoraba sus vivencias y sonreía a la par... deshojaba margaritas y veía minutos pasar... el día se iba y nunca lo vió llegar... se paró sorprendida y acomodó su collar... limpió su pintura corrida y empezó a caminar... el viento golpeaba su cara... la luna la alumbró... la soledad la acompañaba, no se oía ni una voz...en esos instantes ella lo comprendió... el para siempre era mucho tiempo y la nada su realidad, fijó sus ojos a la luna y a regañadientes murmuró... nunca más he de amar y aún así el dolor no le cesó...siguió caminando maltrecha y se desvaneció...despertó horas más tardes al escuchar esa voz...esa que le decía acá estoy "amor", tarde le dijo ella...siempre se atrasa tu reloj... él sin dudarlo le dijo pero llegué...ella le respondió  cuánto necesitaste para poder entender...ahora estoy ya vencida, mi relato se fué, mis sueños me abandonaron, el amor ha de temer, tu piel la he olvidado y las batallas las perdí... mis margaritas se secaron y la luna me aconsejó...sigue tu vida mujer, ese hombre no llegó... cerró sus ojos convencida y este hombre se marchó... ella volvió a mirar y de nuevo comprendió su seguridad era fingida y la de ella... venía del corazón... muchos años pasaron y ella se recuperó...volvió a escribir un relato...pero a él jamás lo olvidó...cada vez que camina se la vé  sonreir...hace pausas automáticas  pero vuelve a caminar... sabe que la vida siempre ha de continuar y que tras esos recuerdos... en aquella locura...aquella voz quizás, alguna vez...  vuelva a escuchar...

                               MANUELA OLGUÍN.

domingo, 10 de octubre de 2010

Rostro de vos

Tengo una soledad
tan concurrida
tan llena de nostalgias
y de rostros de vos
de adioses hace tiempo
y besos bienvenidos
de primeras de cambio
y de último vagón.
.
Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto y por sabor.
.
sin un temblor de más,
me abrazo a tus ausencias
que asisten y me asisten
con mi rostro de vos.
.
Estoy lleno de sombras
de noches y deseos
de risas y de alguna maldición
.
Mis huéspedes concurren,
concurren como sueños
con sus rencores nuevos
su falta de candor.
yo les pongo una escoba
tras la puerta
porque quiero estar solo
con mi rostro de vos.
.
Pero el rostro de vos
mira a otra parte
con sus ojos de amor
que ya no aman
como víveres
que buscan a su hambre
miran y miran
y apagan la jornada.
.
Las paredes se van
queda la noche
las nostalgias se van,
no queda nada.
.
Ya mi rostro de vos
cierra los ojos.
.
Y es una soledad
tan desolada.

Mario Benedetti

jueves, 16 de septiembre de 2010

Regalos de Rabia y Dolor

REGALOS DE RABIA Y DE RENCOR

El era un profesor comprometido y estricto, conocido tambien por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Al terminar la clase de fin de año, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acerco uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo:

- Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase, es que no tendre que escuchar mas sus tonterias y podre descansar de ver su cara aburrida.

El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado.

El profesor miro al alumno por un instante y en forma muy tranquila le pregunto:

- ¿Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?

El alumno quedo desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.

- Por supuesto que no. -Contesto de nuevo en tono despectivo el muchacho-.

- Bueno, -prosiguio el profesor- cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me esta ofreciendo "algo". En tu caso, es una emocion de
rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.

- No entiendo a que se refiere. -dijo el alumno confundido-

- Muy sencillo, -replico el profesor- Tu me estas ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estare aceptando tu regalo. Y yo, mi amigo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad.

-Muchacho!, -concluyo el profesor en tono gentil- La vida nos da la libertad de amargarnos o de ser felices. "Tu rabia pasara, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tu llevas en tu corazon, pero de mi depende lo que yo cargo en el mio. Cada dia, en todo momento, tu puedes escoger que emociones o sentimientos quieres poner dentro de ti, y lo que elijas, lo tendras hasta que decidas cambiarlo, porque es tan grande la libertad que nos da la vida, que hasta tenemos la opcion de amargarnos o de ser felices.


Desconozco el autor

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Medio pan y un libro.

Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.


"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Septiembre de 1931

La sabiduría

La Sabiduría es una energía liberadora, curativa y amorosa. Pertenece al corazón y no a la cabeza ni a la mente analítica. Nos permite comprender sin pensar, aunque para percibir con la precisión lo que nos brinda la sabiduría, el corazón debería estar siempre libre de resentimientos y de amarguras.
Desconocida y misteriosa, la sabiduría conduce toda la vida y todas las criaturas a los mundos internos. Se expresa como tendencia a la complementación y a la unión profunda. Como hasta hoy la mayoría de los seres humanos están polarizados en las emociones, en el miedo y en los instintos primitivos, pocos han podido experimentarla. Las personas suelen canalizar los impulsos, que originalmente reciben para conquistar esa facultad superior, hacia la búsqueda de otro ser, de otra situación, objeto o idea. De esa manera hasta que se llegue a comprender sin pensar, se puede permanecer apegado a alguien o a algo (ideas, personas, objetos, creencias)
La sabiduría hace posible la serenidad y el desapego, como así también la certeza de que la verdadera unión llegará sin que haya que preocuparse en buscarla. Aporta esa comprensión y disuelve confusiones mentales: además conduce a la sensibilidad superior y a conocer intuitivamente la necesidad real de los semejantes. Impulsa al ser para que encuentre lo positivo de cada circunstancia y para que no se deje atrapar por las resistencias. Cualquiera sean, son parte del miedo a la vida. Si no se puede trascender ese miedo, todo resulta un esfuerzo sin sentido. El sentido de la vida podría encontrarse en atreverse a vivirla, a correr riesgos, en las relaciones afectivas, en todo lo que emprendamos.
Todos podemos manifestar sabiduría, siempre que establezcamos contacto con nuestra alma- porque es en ella, centro del ser, - donde se halla la perfecta síntesis de amor, inteligencia y voluntad para el Bien.
Anónimo.

lunes, 21 de junio de 2010

Amigos como tu y yo

Amigos como tú y yo
volverán a encontrarse
por cualquier inventado rincón
que el instante desande.

Tal vez otra mañana de sol
cierta o imaginada;
con muy poco brillo en la voz
y añeja la mirada;
pero amigos como tú y yo
conocen la llamada.

Amigos como tú y yo
volverán a acercarse,
subirán al celeste escalón
sin apenas tocarse.

Despertarán al duende patrón
de las cosas perdidas
reclamándole olvido y adiós
para las despedidas;
porque amigos como tú y yo
desbordan lejanías.

Amigos como tú y yo
volverán a juntarse,
la distancia propicia, un olor
que ni el tiempo deshace.

Compartirán más tarde el sabor
a domingo y nostalgia
y mantendrán a punto el vapor
para las añoranzas;
es que amigos como tú y yo
son milagros del alma.

Silvio Rodríguez

Hay gente.

Hay gente que con solo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con solo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.
Hay gente que con solo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con solo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.
Hay gente que con solo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada
Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria.

Hamlet Lima Quintana

Ustedes tienen el reloj....

Es, esta, una entrevista impactante, realizada por Victor M Amela a
Moussa Ag Assarid , un joven tuareg, nomada del desierto del Sahara,
estudiante en la Universidad de Montpellier en Francia, sobre la
cultura de su etnia, donde ellos tienen el tiempo y nosotros el reloj

Soy Moussa Ag Assarid: No se exactamente mi edad , nací en el
desierto del Sahara, sin papeles...!

En un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali.
He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre.
Hoy estudio en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a
los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo

- ¡Qué turbante tan hermoso...!

- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto
cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su
través.

- Es de un azul bellísimo...

- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela
destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos
naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

- ¿Por qué?

- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quiénes son los tuareg?

- Tuareg significa "abandonados" , porque somos un viejo pueblo nómada
del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos
llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el
tifinagh.

- ¿Cuántos son?

- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población
decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que
existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este
pueblo.

- ¿A qué se dedican?

- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en
un reino de infinito y de silencio...

- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio
corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor
nitidez?

- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos
dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba...
Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra
cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..

- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo
que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar,
aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte
llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

- Saber eso es valioso, sin duda...

- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una
tiene enorme valor!

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso.
¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar
juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

- ¿Qué es lo que más te impacto en tu primer viaje a Europa?

- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se
corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...

- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa
falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel
Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí
ganas de llorar.

- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando
veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un
dolor tan inmenso...

- ¿Tanto como eso?

- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los
animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre
murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a
contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

- ¿Qué pasó con su familia?

- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día
yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama
para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa...
Entendí: mi madre estaba ayudándome...

- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally
París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo
recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El
Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...

- Y lo logró.

- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

- ¡Un tuareg en la universidad. ..!

- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de
leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí
las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es
distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.

- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan
la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia
de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe
por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y
el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al
campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo,
amarillo, verde...

- Fascinante, desde luego...

- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té.
Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a
todos: los latidos del corazón se acompasan al pot - pot del hervor...

- Qué paz...

- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Julio Cortázar